¿CÓMO VES?

Acerca de los páramos andinos. De eso se trata este extenso artículo que muy amablemente me publicó “¿CÓMO VES?“, la revista de divulgación de la ciencia que edita la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM.

MUY CERCA DE LA LÍNEA DEL ECUADOR, EN SUDAMÉRICA, Y POR ENCIMA DE LOS 3200 METROS SOBRE EL NIVEL DEL MAR, LA NIEBLA Y LA HUMEDAD ACARICIAN SINGULARES PLANTAS DE ABUNDANTE ROPAJE. ALLÍ, DONDE SOBRAN LOS EJEMPLOS PARA MOSTRAR LA ADAPTACIÓN DE LAS ESPECIES, EL AGUA CORRE COMO SI FUERA UN RECURSO INAGOTABLE. ADEMÁS DE LUGARES EXCEPCIONALMENTE HERMOSOS, LOS PÁRAMOS SON MUESTRA DE CUÁN IMPORTANTES SON LA CONSERVACIÓN Y EL BUEN USO DE LA NATURALEZA PARA LOGRAR NUESTRA SUPERVIVENCIA.

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Páramos en la cordillera oriental en Colombia.
¿Quién no ha escuchado hablar del desierto, la selva húmeda amazónica o los vistosos protagonistas que bajo la claridad marina dibujan arrecifes de coral? ¿Y qué decir de las sabanas o de los bosques de pinos? Con seguridad, muchos de estos espacios nos suenan ligeramente familiares. Pero, ¿cuántas veces hemos escuchado hablar de un ecosistema cuyo nombre sea “páramo”?
El célebre farmacólogo y botánico español José Cuatrecasas (1903-1996), quien ha sido considerado como uno de los mayores conocedores de este tipo de ecosistemas, publica en el año de 1950, en la revista de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Matemáticas, un artículo titulado “Frailejonal, típico cuadro en la vida vegetal de los páramos”. El nombre del artículo tiene por inspiración un mural que por esos días entró a revestir las paredes del Museo de Historia Natural de la ciudad de Chicago. La obra, para cuya realización el propio Cuatrecasas aportó indicaciones y fotografías, muestra a un hombre vestido con ruana (atuendo típico de los habitantes de las zonas más altas del norte de los Andes), y rodeado por un gran número de frailejones, plantas con particular forma columnar que comparten parentesco con los girasoles, entre otros.
En esa misma publicación, Cuatrecasas describe los páramos “extensas regiones desarboladas que corona las sumidades (profundidades) de las cordilleras por encima del bosque andino, desde 3200 metros y hasta el nivel de la nieve permanente”. Y agrega: “Los fríos días neblinosos y lluviosos pueden alternar con otros despejados, soleados, cálidos, pero las noches son siempre frías, nevando frecuentemente a una altura superior a los 4400 metros”.
Por su parte, Pío Font Quer, reconocido botánico español y autor de uno de los más clásicos diccionarios de esta rama de la ciencia, describe los páramos como llanos planos, fríos, inhóspitos, altos y extensos, expresiones que hacen justa remembranza a las sorprendentes vistas con que debieron toparse aquellos conquistadores españoles que lograron alcanzar, tras penosas jornadas, las partes más altas y frías de los imponentes Andes sudamericanos.
Tal cual son los páramos. Lugares solitarios, encumbrados, alejados y colmados de neblina, que se extienden en Sudamérica –Venezuela, Colombia, Ecuador y norte de Perú- sobre una cobertura de aproximadamente 35 mil kilómetros cuadrados.

CRIATURAS DEL PÁRAMO

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El venado de cola blanca (Odocoileus virginianus).
Podríamos suponer que en lugares tan fríos y altos, son contados los animales que habitan. Sin embargo, la realidad es otra.
Los científicos han llegado a contar cerca de 60 especies de aves que sobrevuelan los encumbrados páramos sudamericanos, cifra que incluye a diminutos colibríes que alcanzan a cumplir su función polinizadora incluso a 4000 metros sobre el nivel del mar. En contraste, está el majestuoso cóndor, que forma parte de la familia de los zopilotes, y cuyo imponente vuelo es producto de los tres metros de longitud que alcanzan sus alas de extremos a extremo.
En cuanto a los mamíferos, unos de sus más carismáticos representantes es el oso de anteojos (Tremarctos ornatos). De grueso pelaje negro, su nombre hace referencia al llamativo círculo de pelo blanco que rodea cada uno de sus ojos. La danta de páramo (Tapitus pinchaque) también engrosa la lista, pero por desgracia se encuentra seriamente amenazada por el consumo que hace de su carne el ser humano. El venado de cola blanca (Odocoileus virginianus), así como el puma y pequeños ratones también tienen cabida en este grupo.
Por último, las ranas y las lagartijas conviven con invertebrados como saltamontes, arañas, escarabajos y vistosas mariposas.

CONDICIONES EXTREMAS

Los ecólogos han dividido el páramo en tres zonas de altitud. El subpáramo es la más baja. Se localiza entre los 2800 y los 3200 metros sobre el nivel del mar, y su límite inferior colinda con las exuberantes selvas andinas. Está ampliamente dominada por arbustos, y por sus flores se considera la más diversa y llamativa de las tres.
Líquenes, musgos y el diente de león (abajo, izquierda).
Todos muy típicos habitantes del subpáramo.
El segundo nivel o zona es el páramo propiamente dicho. Éste se extiende entre los 3200 y los 4000 metros sobre el nivel del mar, y en su manto vegetal, que por lo general se ve acompañado de lagunas, lagunillas y transparentes riachuelos, predominan frailejones y pajonales (estos últimos son similares a los zacatonales mexicanos). La temperatura es más fría que en el subpáramo.

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Grupo de frailejones (Espeletia uribei) en el páramo de Chingaza.
El páramo propiamente dicho.
Por último, está el superpáramo. Su límite inferior comienza en los 4000 metros sobre el nivel del mar y se extiende hasta aproximarse a las nieves perpetuas, es decir, por encima de los 5000 metros. Las plantas, asentadas entre rocas y suelos arenosos, no sobrepasan, en promedio, los 30 centímetros de altura y soportan, en comparación con las especies que habitan las dos áreas de abajo, la mayor radiación solar. En el superpáramo el viento es gélido y veloz, haciendo de este lugar el más frío de los tres.
Senecio florecido por encima de los 4000 metros sobre el nivel del mar.
Y en las faldas del Pan de Azúcar (Sierra Nevada del Cocuy), los frailejones parecieran desafiar las extremas condiciones del superpáramo.
Así, las condiciones extremas que definen este ecosistema -escaso aire, baja temperatura, poca presión, radiación solar intensa, fluctuaciones repentinas entre frío y calor, exceso de viento y frecuentes granizadas e incluso nevadas- determinan, en buena parte, que los organismos que allí habitan requieran adaptaciones altamente especializadas para sobrevivir.

LAS ADAPTACIONES

Es de suponer que si nosotros habitáramos en un lugar como el páramo, requeriríamos de muchas cosas para no desfallecer. Por ejemplo, necesitaríamos ropa gruesa, alimentos calientes, protectores para la piel contra la elevada radiación solar, impermeables para mantener nuestro cuerpo seco y, por último, una casa sumamente abrigada. ¿Cómo es que logran sobrevivir las plantas que habitan estos parajes? Ellas han desarrollado un conjunto de estrategias -adaptaciones- que son las que les permiten soportar las condiciones extremas que allí persisten todos los días del año.
Las hojas de los frailejones, por ejemplo, tienen una densa pubescencia (muchos pelitos) que ayuda a disminuir la evapotranspiración, esto es, la pérdida de agua de la planta, proceso que ocurre sobre todo en los días de mayor incidencia de luz solar. Cuando las hojas mueren, no caen al suelo, sino que se abrazan lentamente al tallo creando un “suéter” natural muy compacto, que abriga a su dueño. Asimismo, estas plantas poseen, en la parte central de su tronco, un tejido muy fino para almacenar agua, y al cual recurren, por lo general, durante las primeras horas del día, cuando la captación del vital líquido se torna más difícil por el congelamiento de los suelos.

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Las hojas de los frailejones, por ejemplo, tienen una densa pubescencia (muchos pelitos) que ayuda a disminuir la pérdida de agua de la planta…
En compañía de los frailejones se encuentran varias especies arbustivas. Éstas acostumbran a tomar asiento, de forma apretujada, en el subpáramo. Su apariencia es tupida y pequeña. Algunos de estos arbustos se califican como “enanos”, ya que su altura promedio no supera los 75 centímetros. Una de sus características más peculiares es que una parte de sus ramas, en lugar de crecer hacia arriba, lo hace de lado e incluso por debajo de la superficie, protegiendo así sus retoños contra las heladas y los incendios.
Los cojines, plantas de encendido color verde que habitan a ras de suelo y llamadas así por su apariencia achatada y convexa, también forman parte de este grupo de especies vegetales que sorprenden por sus adaptaciones. Una de ella es la gran capacidad que tienen los cojines para almacenar agua, humus, polvo y suelo, mezcla cuya finalidad última es proteger a los hijos que vienen en camino.
Finalmente, cada una de estas estrategias se traduce en un conglomerado de aportes naturales que terminan haciendo del páramo un proveedor fundamental de recursos para la supervivencia humana.

PROVEEEDOR DE SERVICIOS

Gretchen Daily, investigadora del Departamento de Ciencias Biológicas de la Universidad de Stanford, llama servicios ecosistémicos a los procesos y condiciones naturales que son indispensables para la vida humana. Los páramos los proporcionan con generosidad.
Por un lado, estos ecosistemas actúan como una red natural que al paso de las nubes, retiene el rocío de aquéllas. A esta singular forma de captación hídrica se suman las frecuentes lloviznas y lluvias que durante la mayor parte del año hacen su aparición en estos lugares. Toda esta carga acuífera es el insumo más importante que los páramos prestan: ser reguladores hídricos naturales.

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El río Lagunillas.  Fuente de vida para campesinos y habitantes de varios municipios ubicados en la parte baja de la vertiente occidental de la Sierra Nevada del Cocuy. Son tierras de Boyacá.

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No hay mejor ejemplo para describir la importancia de los páramos y el agua, que el que representa la relación de Chingaza con los millones de personas que viven en Bogotá. 
Por consiguiente, su funcionamiento es comparable con el de una gigantesca esponja que pareciera desprenderse de los excesos de humedad con extrema sabiduría; dinámica que beneficia, en las partes más baja de los Andes, a cultivos e industrias piscícolas. Cerca de 15 millones de personas, en ciudades como Quito (Ecuador), Bogotá (Colombia) y Mérida (Venezuela), dependen del preciado líquido que estos ecosistemas proporcionan a cambio de nada.
Asimismo, los páramos almacenan grandes cantidades de carbono, con lo que ayudan a limpiar la atmósfera terrestre. El bióxido de carbono es uno de los gases de efecto invernadero, producto, entre otros, de la respiración heterotrófica (la mayoría de los organismos vivos inhalan oxígeno y expulsan bióxido de carbono) y de las quemas (incendios forestales o para cultivos). En estos ecosistemas, las turberas (suelos pantanosos) terminan siendo los principales almacenes de carbono, representado en plantas, animales y microorganismos sin vida. La descomposición de éstos, que libera bióxido de carbono, ocurre en el páramo muy lentamente debido a las frías temperaturas reinantes. De ahí que se considere a estos ecosistemas como mitigadores del calentamiento global.
Además, las condiciones de falta de oxígeno que genera la alta humedad de las turberas hacen que existan otra clase de microorganismos que cumplen la función de descomposición y, debido a que estos son autotróficos, cuando respiran no liberan bióxido de carbono a la atmósfera. Esas mismas turberas, cabe agregar, hacen las veces de filtros naturales que purifican el agua.
A lo anterior debemos añadir que el páramo proporciona plantas medicinales, ofrece escenarios espectaculares para el ecoturismo y hace las veces de laboratorio natural donde la investigación científica encuentra asombrosas y evidentes muestras de procesos evolutivos, así como de la interacción de organismos que viven en condiciones extremas de altitud, baja temperatura y exceso de humedad.
Lamentablemente, y al igual que muchos otros ecosistemas, el páramo está seriamente amenazado, en especial por la expansión de la frontera agrícola. Asociado a ello, los incendios son cada día más frecuentes, transformando la cobertura original en amplias zonas para el cultivo (especialmente de papa) o para la ganadería.
Los páramos de Sudamérica, en conclusión, nos son solo esas singulares formas excepcionalmente hermosas, cuyo suelo está colmado de intrincadas y maravillosas adaptaciones vegetales; son, además, un fiel ejemplo que nos enseña, por su funcionalidad y complejidad, cuán importante es para nuestra supervivencia la conservación y el buen uso de la naturaleza, y de la cual aún nos falta mucho por comprender.

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